lunes, 17 de diciembre de 2007

In the Deep


Artista: Kathleen York

Canción de la película "Crash" (Vidas cruzadas)

Thought you had all the answers

to rest your heart upon

but something happens

don't see it coming, now

you can't stop yourself

now you're out there

swimming in the deep


Life keeps tumbling you heart in circles

till you let go

till you shed your pride

and you climb to heaven

and you throw yourself off

now you're out there spinning in the deep

domingo, 16 de diciembre de 2007

Flores y estalactitas

El tiempo envuelve a las almas en su espiral descendente y las trae, cual remolino de vientos y arenosas tormentas, al plano más denso, menos sutil y más áspero de todos: la Tierra.

Las almas aprovechan ese recreo poco espiritual para dar rienda suelta a sus instintos más oscuros, a la sombra contenida en años de eternidad. Tanto las pequeñas malicias como los deseos más perturbadores pueden volverse realidad en manos de carne y sangre. Las almas, sabias pero pacientes, no pueden más que esperar dentro de ese palpitante encierro temporal.

Y el alma llega con la plenitud de la primavera, con la poca resistencia de un suelo fértil, con la mirada expectante de quien descubre todo por primera vez.
De la mano de grandes maestros, la vida y el cielo que llamea dentro, el alma va aprendiendo, sonriente, tropezando con sus propios errores, llorando sus equivocaciones y sembrando semillas que empezarán a crecer.

Entonces, es tiempo del verano abrasador, con su revolución de ideas, de sentimientos y de ojos que descubren el disfrute intenso de praderas colmadas de generosos pastos y sinuosos juncos.
El viento es cálido y las flores de la primavera se han convertido en jugosos frutos que se derriten en la boca acalorada de quien se entrega a probarlos. Y el alma atraviesa la etapa más terrenal, de paraíso al alcance de la mano, de experiencias subyugantes que hacen confundir cielo y tierra con tan sólo un parpadeo.
¿De esto se trata la vida en la Tierra? Quizás… el amor lujurioso, el amor codicioso, el amor posesivo que encadena al Amor eterno e incondicional es algo que sólo aquí se puede experimentar, algo que sólo con la sensibilidad de un cuerpo se puede sentir.

La espiral continúa su ronda para que el otoño amarillee todo, para que la hojarasca cubra las semillas de aquella primavera y, aunque parezcan perdidas, u olvidadas, allí quedarán, a la espera de alguna otra primavera que las haga germinar.
Y ese otoño, que entristece con la palidez del sol que se hace cada vez más lejano, y con la mudez de la vida que va ajando todo alrededor hace que el ama se pierda, y en sus desvaríos sin respuesta quede a la intemperie y caiga víctima de sus profundos pesares, sus pecaminosas dudas, sus asfixiantes miedos y su ego, que le habla y le habla sin parar.
El campo tibio y húmedo del otoño es vientre fértil para que los temores y las hieles enconadas se vuelvan puñales ensangrentados, pasiones incontrolables y némesis irrefrenables.

Y entonces es tiempo del invierno, que con su aliento de nieve lo congela todo y lo convierte en espejo donde nuestra alma se ve reflejada y siente la necesidad mordaz de arrepentirse, de enmendar lo mal hecho y de ponerse en forma para abrirse a la luz de una nueva primavera.
Las estalactitas del invierno son flores de escarcha que visten el alma de duelo y le recuerdan la ardua tarea que aún queda por realizar. Ponerse en forma implica recuperar el cuerpo, a pesar del paisaje helado, alinear la mente para escarbar entre la nieve y la herrumbre y ser capaz de recuperar la esencia de lo etéreo, de lo imperturbable del alma, de la sangre pulsante de la primavera.
El frío sopla en nosotros una claridad tan intensa que quema todo lo que está grabado a fuego, para derretirlo con la fuerza y la impiedad de un volcán, para dejar la tabla lisa, nueva, donde volver a grabar.

El invierno es capaz de matar los monstruos del otoño, clava las garras de sus estalactitas en el corazón más negro y se nutre de esa sangre escarlata para dar vida a nuevas flores.
Serán tal vez flores de terciopelo grueso, más densas y complejas que en las primeras primaveras, pero es que la vida, en su a veces doloroso rondar de muertes y nacimientos, se apegó a la espiral del tiempo para ir haciendo flores de las estalactitas hasta que ya no haya más espejos en qué mirarse, ni estalactitas ni nieve que transformar.

Día de la raza

Éste era el primer año que Luciana venía a nuestra escuela. Su familia se había mudado a la ciudad en el verano. La profesora que nos la presentó dijo que Luciana era de ascendencia mapuche y nosotros nos miramos con cara de desconfianza porque la verdad es que no parecía mapuche.
Era medianamente alta y bastante delgada, tenía la piel morena, sí, es verdad, pero tenía el pelo largo, lacio y dorado. Además, tenía ojos de un color miel azucarado, con perlitas amarillas que brillaban hasta en la oscuridad.

Luciana siempre llevaba algo azul que le adornaba el pelo o el guardapolvo. No eran cosas de un azul cualquiera: siempre era un azul que reflejaba el cielo... o el agua más bien. Era un color entre turquesa y celeste que hasta podía llegar a parecer transparente.
Se hacía trenzas atadas con cintas de ese color, que se le iban derritiendo durante las horas de clase. Se ponía prendedores en la solapa del guardapolvo que parecían de vidrio o de gelatina cuando llegaba a la mañana, pero que siempre terminaban mojándole el cuaderno cuando se deshacían.

Era tan callada que pensamos que no hablaba. Cuando había que decir algo en clase, ella lo escribía y se lo llevaba a la profesora. De verdad, creíamos que era muda. Hasta le hacíamos algunas señas que habíamos aprendido por ahí. Y ella nos respondía también usando las manos y unos cuantos gestos.

Y lo más raro es que Luciana caminaba como cualquiera de nosotros, pero dejaba marcadas pisadas húmedas, como cuando uno sale de la pileta en el verano. Quisimos preguntarle por qué le pasaba eso, pero ninguno de nosotros conocía tantas señas como para preguntárselo usando las manos. Se lo escribimos en un papel y esperamos ahí alrededor, ansiosos, a ver qué respondía, pero solamente se rió y señaló con un dedo el techo del aula. La verdad que no entendimos qué quiso decir.

Llegó octubre y, en la escuela, nos estábamos preparando para los actos del Día de la raza. Nos entusiasmaba más el feriado largo que el acto en sí, porque era siempre lo mismo: hablaríamos de Colón, de toda América y un poco de los indios... del gran crisol de razas que es este continente nuevo y cosas por el estilo. Mientras la profesora explicaba todo eso, no sé por qué me quedé observando a Luciana. Parecía que los ojos se le inundaban, que las trenzas le lloraban, que los prendedores le caían en cascadas. Pero no hizo ningún gesto. Incluso la profesora le explicó que ella era la que iba a "actuar" de india porque, claro, ni siquiera tenía que pintarse. Nomás tenía que ponerse una peluca morocha, porque los indios no tenían el pelo rubio. Ella dijo que sí con la cabeza.

Y vino el día del acto. Ahí estábamos todos listos, nos acomodamos en el escenario tal como habíamos estado ensayando. Faltaba Luciana, que no llegaba. Ya estábamos impacientes porque era la hora de empezar y ella no estaba. Y era la única representante de los indios, no podíamos empezar sin ella. Encima, el escenario mostraba un mapa gigante de toda América y a Luciana le tocaba pararse en la cordillera de los Andes, justo en la región de los lagos, aunque ahí parada ocupaba casi toda la Argentina. No podía quedar justo la Argentina sin representante.

La profesora decidió que se subiera el telón igual y que empezáramos... Y antes de que arrancara el disco con la música, se oyó el sonido de un tambor, como un timbal, profundo y melancólico, pero lleno de vida. Nos dimos cuenta de que venía del público, lo tocaba una señora que estaba sentada en la primera fila, tenía la piel tostada, trenzas negras hasta la cintura y un vestido como una túnica de color violeta con bordes amarillos y el esquema de un águila en el pecho.

Junto con el sonido del tambor, llegó Luciana y se colocó rápido en su lugar. Traía una canasta enorme de flores, espigas de trigo y granos de cereal. Eso no era parte de lo que tenía que hacer en el acto y nos quedamos mirándola, sorprendidos. Pero, con una sonrisa enorme y ojos que parecían hechos de luz habló y dijo:
­ --¡Gracias por los días que compartieron conmigo! Traje esta ofrenda para devolverle a la tierra un poco de todo lo que me ha dado, para que la rueda de la abundancia pueda seguir su curso.

Y mientras decía eso, se iba haciendo más y más transparente. Nosotros la mirábamos con la boca abierta... ¡no sabíamos que podía hablar! Y veíamos cómo se iba desdibujando, primero pareció de hielo, después de cristal, después de agua y se fue mezclando como un hilo turquesa con los lagos de la cordillera pintados en el mapa.

El tambor sonó un poquito más y, después, la señora de las trenzas se paró y nos miró con ojos que parecían mirarnos de frente a cada uno y a todos al mismo tiempo. La paz que salía de sus palabras nos envolvió:
--Luciana ha vuelto al agua. Ella es una sirena sumpall; un espíritu mapuche que cuida de las aguas. Como sucede de tanto en tanto, subió a la tierra para acercarnos un poco de su mundo. Esta vez, quiso pasar su último tiempo con ustedes, para ella, ésa era la manera de festejar su Día de la raza.