lunes, 17 de diciembre de 2007

Reflejos


Clara tenía la piel curtida de quien caminó los desiertos sin palabras, tenía los ojos inmensos de quien vio las montañas y se perdió en su reflejo, tenía el pelo urdido de quien sopló junto con el viento y no intento comprenderlo, tenía el pecho amplio de quien nadó por islas silentes que gritan sin letras su existencia.

Clara era la anciana que había aprendido a mirar las preguntas con cierta incertidumbre, pero también a dejarlas pasar como una brisa cargada con aires de tormenta. Sabía desdibujar las palabras en el sol y rearmarlas bajo la luna, sabía que las palabras no escondían ese significado que tanto se empeñaban en darles. Clara vivía entre los símbolos, lengua de tiempos y criaturas encontradas y entremezcladas. Un círculo era para ella un mundo infinito, un espejo de la perfección, el transcurrir del tiempo, sin principio ni fin, una mágica proporción dorada que mostraba la simpleza de lo complejo con un destello de sol.

Clara encontraba círculos en el agua y podía juntarlos hasta formar una torre y bañarse en la cascada que caía desde lo alto, bajo esa columna de esferas que podía desmoronarse en cualquier momento y rodar por el pasto en forma de perlas nacaradas o rebotar y esparcirse como alas de mariposa.

En un mundo sin palabras, ella era maestra de un lenguaje tácito que se deshacía en colores, sensaciones y signos, signos y más signos. Los mandalas que encontraba en el centro de una flor le hablaban del centro de su propio ser, con pétalos abiertos y zumbidos de abejas que podían resonar infinitamente hasta que Clara llegaba a ser parte de la flor y la flor se abría, encarnada, dentro de Clara.

Pero no había sido siempre así. Antes de ser vasta y poder tapar el llano con una mano, antes de ser amplia y poder ensombrecer el bosque con su propia sombra, Clara había sido pequeña, enjuta, y frágil como una estalactita nacida en las entrañas de una caverna. Su mundo había sido de ecos y redoble de tambores, de cañones que partían el aire con su trueno y de bombas que abrían la tierra con sus garras. Su piel de hielo temblaba, pendida de una piedra que le daba abrigo. Se sentía segura al amparo de esas rocas. Eran muros. La contenían, sí, pero a su vez la encerraban. Su mundo chiquito estaba atestado de preguntas que la acosaban. La tristeza de la familia desmembrada, de patrias lejanas guardadas como un mapa doblado y ajado entre los libros amarillos de la biblioteca... eso le pesaba y, dentro de esa cueva que ella misma se iba entretejiendo, su ser de estalactita se iba haciendo más largo, más fino y más frágil.

Tuvo que ser una bomba la que rompiera el techo que la sostenía. Cayó un día, con un silbido sordo que helaba las vidas de alrededor y la quebró. La estalactica cayó y se hizo añicos. La cueva se partió y el sol que le ardía la piel resquebrajada como hermanado con las bayonetas del enemigo la derritió. Clara sintió el derrumbe. Cada uno de esos añicos llegó al fondo. Se convirtió en el fondo. Ella sintió que se desdibujaba, que no tenía saliente de dónde agarrarse, que la corriente la arrastraba... y se mezcló con el agua. Y llegó al río. Y ya no fue más Clara. Ahora era un montón de Claras vueltas a unir en un mismo cuerpo, pero al que parecía no responderle su contorno.
Era un manojo de reflejos, una torre de panales chorreados de miel, una pila de simientes, un campo de amapolas, un mar de corales, un mundo de constelaciones, de símbolos superpuestos, y llevaba en la mano un ovillo enredado de trazos que antes habían sido palabras.